Hay dos maneras de andar por la vida:
Por vista — guiados por lo que parece lógico, predecible, seguro y visible a los ojos humanos.
Por fe — guiados por la confianza en las promesas de Dios, en Su Palabra y en Su carácter, aun cuando las circunstancias no están claras.
La Biblia nos llama a vivir de una manera distinta al mundo. Vivir por fe es aprender a ver con los ojos del corazón lo que todavía no puede verse con los ojos del cuerpo.
2 Corintios 5:7 (CEV) dice:
“Vivimos por fe y no por lo que vemos.”
La fe no es fingir que todo está bien.
La fe es confiar en Dios incluso cuando todavía no parece que todo esté bien.
La fe no es ceguera.
La fe ve más profundo.
La fe ve quién es Dios.
La fe ve lo que Dios ha dicho.
La fe ve hacia dónde Dios está guiando.
Incluso cuando el camino todavía no es visible.
La fe comienza confiando en el carácter de Dios
La fe no consiste en obligarte a creer con más fuerza.
La fe descansa en quién es Dios.
Salmo 9:10 (CEV):
“SEÑOR, tú nunca abandonas a los que confían en ti.”
Para vivir por fe, esta verdad debe quedar bien afirmada en el corazón:
Dios es bueno.
Dios es fiel.
Dios es digno de confianza.
Si no confías en el carácter de Dios, no confiarás en Su guía.
La fe no se basa en las circunstancias.
La fe se basa en el corazón inmutable de Dios.
La fe cree lo que Dios ha hablado — incluso antes de verlo cumplido
Hebreos 11:1 (CEV):
“La fe nos da la seguridad de lo que esperamos y la certeza de lo que no vemos.”
La fe es como una luz en la oscuridad.
Permite dar el siguiente paso, aunque no se vea todo el camino.
Dios rara vez muestra todo el trayecto.
Muestra el siguiente paso e invita a confiarle el resto.
Así caminó Abraham con Dios.
Hebreos 11:8 (CEV):
“Por la fe, Abraham obedeció a Dios cuando fue llamado a ir a la tierra que Dios le iba a dar.”
Él salió sin saber a dónde iba.
La fe dice:
“Si Dios está guiando, eso es suficiente.”
Vivir por vista produce temor — vivir por fe produce paz
Cuando vivimos por vista:
Los problemas parecen más grandes que las promesas.
Dependemos de nuestra propia fuerza.
El miedo controla nuestras decisiones.
Pero cuando vivimos por fe:
Las promesas de Dios se vuelven nuestra realidad.
Dependemos de Su fuerza.
La paz guarda nuestro corazón.
Isaías 26:3 (CEV):
“SEÑOR, tú mantienes en perfecta paz a los que confían plenamente en ti.”
La fe no es un sentimiento.
La fe es una dirección: un giro del corazón hacia Dios.
Vivir por fe no significa que la vida será fácil
La fe no es un escudo contra las dificultades.
La fe es el poder para permanecer firmes en medio de ellas.
Los héroes de la Biblia no vivieron vidas fáciles:
José fue traicionado.
Moisés fue rechazado.
David fue perseguido.
Daniel fue arrojado al foso de los leones.
Los discípulos sufrieron por el evangelio.
Y sin embargo vencieron.
No por su fuerza, sino por la fe.
La fe no es la ausencia de lucha.
La fe es confiar en Dios en medio de la lucha.
La fe actúa — no se queda inmóvil
Santiago 2:17 (CEV):
“La fe que no se acompaña de buenas acciones está completamente muerta.”
La fe da pasos.
La fe se mueve.
La fe responde.
La fe no es solo creer mentalmente.
La fe es vivir de acuerdo con lo que creemos.
La fe dice:
Si Dios dice perdona → perdono.
Si Dios dice da → doy.
Si Dios dice confía → confío.
Si Dios dice ama → amo.
Si Dios dice sigue → sigo.
Aunque sea difícil.
Aunque no se sienta natural todavía.
Aunque el resultado no sea visible.
La fe es obediencia nacida del amor.
La fe y la vista entrarán en conflicto — pero la fe debe guiar
Habrá momentos en los que:
La lógica diga “esto es imposible”.
El miedo diga “vas a fracasar”.
El dolor diga “Dios te ha olvidado”.
Las circunstancias digan “no hay esperanza”.
Pero la fe responde:
“Dios sigue aquí.
Dios sigue obrando.
Dios cumplirá Su promesa.”
La fe no niega la realidad.
La fe ve una realidad más profunda:
Dios tiene el control.
Romanos 8:28 (CEV):
“Sabemos que Dios siempre está trabajando para el bien de los que lo aman.”
Cuando no puedes ver el plan, confías en Aquel que lo sostiene.
Cómo vivir por fe de manera práctica cada día
Vivir por fe no es complicado; es relacional y cotidiano.
Permanece en la Palabra.
La fe se fortalece cuando la mente se ancla en las promesas de Dios.
Ora con honestidad.
Lleva tus dudas a Dios, no lejos de Él. La fe madura cuando hablamos con Él con un corazón sincero.
Obedece el siguiente paso.
La fe crece cuando se pone en acción. Haz aquello que Dios ya te mostró.
Declara la verdad.
Reemplaza los pensamientos de temor con la Palabra de Dios durante el día.
Permanece en comunidad.
La fe se fortalece cuando caminamos junto a otros creyentes.
La fe crece cuando se ejercita.
Resumen
Vivir por fe significa confiar en Dios más que en lo que vemos, sentimos o entendemos. 2 Corintios 5:7 nos recuerda que el creyente está llamado a vivir por fe y no por vista. Esto significa que nuestras decisiones, nuestra esperanza y nuestra seguridad descansan en el carácter y las promesas de Dios, no en las circunstancias.
La fe no es un esfuerzo humano por creer más fuerte. La fe se apoya en quién es Dios. Él es fiel, bueno y digno de confianza. Cuando afirmamos Su carácter en el corazón, podemos descansar en Su guía aun cuando el camino no esté claro.
La fe actúa antes de ver el resultado. Abraham obedeció sin conocer el destino porque confiaba en Aquel que lo guiaba. Vivir por fe produce paz, no porque desaparezcan los problemas, sino porque Dios permanece presente y fiel en medio de ellos.
La fe no es pasiva. Se expresa en obediencia, perdón, generosidad, amor y confianza diaria. Vivir por fe es una elección constante: creer la Palabra de Dios por encima de lo que dicen las circunstancias.
Cuando no podemos ver el futuro, confiamos en el Dios que lo sostiene. Vivir por fe no es vivir sin certeza; es vivir sostenidos por las promesas eternas de un Dios que nunca falla.
A lo largo de la historia bíblica, vivir por fe y no por vista ha sido la forma en que Dios ha guiado a Su pueblo a conocerlo profundamente. No se trata de una idea abstracta ni de una espiritualidad desconectada de la realidad diaria. Vivir por fe es una manera concreta de caminar, decidir, esperar y perseverar cuando los ojos no pueden ver con claridad lo que el corazón sabe que Dios ha prometido.
Vivir por fe implica aceptar que nuestra comprensión es limitada, mientras que la fidelidad de Dios no lo es. Desde el comienzo, el ser humano ha tenido la tendencia de confiar solo en lo que puede controlar, medir y prever. Sin embargo, Dios constantemente invita a Sus hijos a soltar esa necesidad de control y a descansar en Su dirección. La fe no elimina la razón, pero la coloca bajo la autoridad de la Palabra de Dios. Cuando vivimos solo por vista, analizamos todo según la lógica humana; cuando vivimos por fe, reconocemos que Dios ve el cuadro completo, incluso cuando nosotros solo vemos una parte.
La fe transforma la manera en que respondemos a la incertidumbre. En lugar de paralizarnos ante lo desconocido, aprendemos a confiar en que Dios ya está presente en ese lugar al que todavía no hemos llegado. Vivir por fe no significa ignorar las dificultades, sino enfrentarlas con la certeza de que Dios camina con nosotros. Esta confianza cambia nuestra postura interior: donde antes había ansiedad, comienza a crecer la paz; donde antes había temor, nace la esperanza; donde antes había confusión, se forma una convicción silenciosa pero firme.
Uno de los mayores desafíos de vivir por fe es aprender a esperar. La fe madura no exige resultados inmediatos. Confía en el tiempo de Dios, incluso cuando ese tiempo parece lento o incomprensible. Esperar por fe no es pasividad, sino una esperanza activa que se mantiene anclada en las promesas divinas. Mientras el mundo nos enseña a actuar impulsivamente, la fe nos enseña a permanecer firmes, seguros de que Dios no se ha retrasado ni ha olvidado lo que dijo.
Vivir por fe también cambia la forma en que interpretamos las pruebas. En lugar de verlas como señales de abandono, comenzamos a reconocerlas como espacios donde Dios forma el carácter. La Escritura muestra una y otra vez que Dios usa los momentos de oscuridad para profundizar la dependencia de Sus hijos. La fe no elimina el dolor, pero lo redime. Nos permite atravesar la dificultad con la certeza de que nada es desperdiciado en las manos de Dios y que incluso las circunstancias más duras pueden convertirse en instrumentos de crecimiento espiritual.
Otro aspecto esencial de vivir por fe es aprender a obedecer sin tener todas las respuestas. La obediencia basada en la fe no depende de comprender completamente el porqué de Dios, sino de confiar en Su corazón. Muchas veces, Dios llama a dar pasos antes de mostrar el resultado final. Estos pasos pueden ser pequeños, silenciosos o incluso incomprendidos por otros, pero cada acto de obediencia fortalece la fe y abre el camino para una mayor revelación de Su voluntad.
La fe afecta profundamente nuestras relaciones. Cuando vivimos por fe, aprendemos a amar sin garantías, a perdonar sin condiciones visibles y a servir sin reconocimiento inmediato. Mirar con fe nos permite ver a las personas no solo por lo que son ahora, sino por lo que Dios puede hacer en sus vidas. Esta perspectiva nos libera de la necesidad de controlar a otros y nos permite caminar en gracia, paciencia y compasión.
Vivir por fe también moldea nuestra forma de tomar decisiones. En lugar de dejarnos guiar únicamente por el miedo, la presión o la seguridad aparente, comenzamos a buscar la dirección de Dios en oración y humildad. La fe nos enseña que obedecer a Dios nunca es una pérdida, incluso cuando el camino parece más estrecho o más lento que otras opciones. Con el tiempo, descubrimos que los caminos de Dios, aunque desafiantes, siempre conducen a una vida más plena y significativa.
La fe no se desarrolla en aislamiento. Dios diseñó que crezca en comunidad. Compartir el caminar con otros creyentes nos recuerda que no estamos solos en nuestras luchas ni en nuestras dudas. Escuchar testimonios de cómo Dios ha obrado en la vida de otros fortalece nuestra confianza y renueva nuestra esperanza. La fe se aviva cuando es compartida, animada y fortalecida en un ambiente de amor y verdad.
Vivir por fe implica una entrega diaria. No es una decisión que se toma una sola vez, sino una elección constante de confiar en Dios cada mañana. Cada día trae nuevas oportunidades para depender de Él, para escuchar Su voz y para rendirle nuestras preocupaciones. La fe se construye momento a momento, a través de actos sencillos de confianza: una oración silenciosa, una decisión obediente, un paso valiente aun en medio del temor.
En última instancia, vivir por fe y no por vista nos lleva a una relación más profunda con Dios mismo. La fe nos acerca a Su presencia, nos enseña a reconocer Su voz y nos permite experimentar Su paz de una manera que va más allá de las circunstancias. Cuando aprendemos a caminar por fe, nuestra vida deja de estar definida por lo que vemos y comienza a ser guiada por lo que Dios ha dicho.
Vivir por fe es aceptar que Dios es más fiel de lo que nuestras dudas nos hacen creer. Es confiar en que Su amor sostiene cada paso, incluso cuando el camino parece incierto. Es caminar con la certeza de que Dios siempre cumple Sus promesas y que, aunque no siempre podamos ver lo que viene, podemos confiar plenamente en Aquel que va delante de nosotros. Esta manera de vivir no elimina las preguntas, pero llena el corazón de seguridad, paz y esperanza duradera.
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